Isabel Peña, coguionista junto a Rodrigo Sorogoyen de El ser querido, construyen un guion aparentemente invisible, donde las situaciones parecen suceder con la naturalidad de la vida cotidiana y los personajes adquieren una dimensión profundamente reconocible. Esta naturalidad permite que la confusión de Emilia (Vicky Luengo) ante Esteban (Javier Bardem) se mantenga durante buena parte de la película: es su padre, pero también es un desconocido. La película comienza precisamente desde esa incomodidad: un padre que abandonó a su hija y una hija abandonada que se reencuentran después de trece años. Ambos parecen querer contárselo todo y, sin embargo, son incapaces de hacerlo. La repetición de «¿Cómo estás?», «bien, ¿y tú?», «bien», «sí, ¿y tú?» evidencia el bloqueo que existe entre ellos. Hay afecto, inevitablemente, por el vínculo que los une, pero no parece existir un espacio adecuado para expresarlo.
Esteban expresa su preocupación por su hija a través de aquello que puede controlar. Cuando se enfada porque no está el plato que quería pedir y que le gustaría que Emilia probase, la comida adquiere un significado que trasciende el propio restaurante. Después de trece años de ausencia, parece encontrar en ese gesto cotidiano una forma concreta de cuidar de ella, de recuperar una intimidad que ya no existe entre ambos. Es una forma de cuidado que nunca antes había podido ejercer y que ahora intenta materializar en soluciones prácticas. Esta misma lógica aparece cuando le propone que sea la protagonista de la película que va a dirigir. No solo le está ofreciendo un trabajo; de alguna manera, le está abriendo las puertas de aquello que constituye su propia vida: «te dejo que pertenezcas a ello». Sin embargo, incluso este gesto de acercamiento está condicionado por su manera de entender el cuidado: él decide qué necesita su hija y cómo puede ayudarla.
En Emilia, por el contrario, el cuerpo parece expresar aquello que las palabras no consiguen sacar. No puede dejar de beber agua cuando habla de su propia familia, como si estuviera literalmente tragándose todas aquellas emociones que no puede verbalizar. Algo similar ocurre con el alcohol, que aparece como una forma de inhibir lo que siente para poder afrontar un dolor que todavía la desborda. Beber se convierte así en una acción física que sustituye a la palabra: tragar lo no dicho para no tener que enfrentarse a ello.
Esta dificultad para comprender al otro aparece de manera especialmente reveladora cuando Esteban le pide que conozca a su mujer porque «es una persona importante en mi proceso». ¿En mi proceso? La expresión resulta significativa porque parece colocar todo cuanto sucede alrededor de su propia experiencia. Las personas que lo rodean forman parte de su proceso, mientras que él parece tener dificultades para comprender que también debería formar parte del proceso de los demás. No consigue separar aquello que necesita él de aquello que su hija necesita de él. Su intención de acercarse termina, paradójicamente, volviendo a colocar su propia experiencia en el centro.
Algo parecido sucede con la carrera profesional de Emilia. Esteban aparece de repente para intentar rescatarla, buscando incluso encontrar algún mérito en trabajos que no han salido bien. El gesto parece esconder una necesidad de demostrar que todavía puede hacer algo por ella, como si reparar su carrera profesional pudiera compensar aquello que no pudo hacer durante los años de ausencia. Cuando le dice «se nota que eres hija de un actor» o le pregunta si está haciendo castings y se está moviendo porque «me extraña que no trabajes más», el elogio deja de ser completamente inocente. Ser hija de un actor no es únicamente una condición familiar: se convierte también en una carga, en la expectativa de estar a la altura y demostrar que merece ese apellido. La admiración puede transformarse así en presión y, posteriormente, en culpa.
En este momento Esteban decide qué significa ayudar, cuándo hacerlo y de qué manera. Su ayuda nace también de la necesidad de reparar aquello que considera que no pudo hacer antes. Pero la película plantea una pregunta incómoda: ¿hasta qué punto ayudar al otro significa realmente escucharlo y hasta qué punto puede convertirse en una manera de imponer aquello que nosotros creemos que necesita?
Esta contradicción se extiende a su comportamiento como director. La violencia y la agresividad con las que se relaciona con su equipo revelan una personalidad acostumbrada a ejercer el control. Los gritos, la tensión y la intimidación forman parte de su manera de trabajar y terminan funcionando como una prolongación de su forma de relacionarse con quienes lo rodean. El hombre que pretende cuidar y proteger a su hija es, al mismo tiempo, alguien que parece incapaz de relacionarse con los demás sin imponer su voluntad.
Ahí reside una de las contradicciones más interesantes de El ser querido: Esteban quiere ayudar, proteger y reparar, pero sus propias formas de hacerlo pueden terminar generando una nueva violencia. Su preocupación se transforma en exigencia; su ayuda, en deuda; su orgullo, en presión. Y su necesidad de formar parte de la vida de Emilia termina dificultando que pueda verla realmente como una persona independiente de él.
Isabel Peña y Sorogoyen utilizan esta relación familiar para hablar de algo mucho más complejo que el conflicto entre un padre y una hija. El ser querido plantea la dificultad de querer sin apropiarse del otro, de ayudar sin imponer y, sobre todo, de escuchar sin convertir la experiencia ajena en una prolongación de la propia. Porque quizá la verdadera incapacidad de estos personajes no sea la de decir «te quiero», sino la de comprender que querer a alguien también significa permitirle construir una vida que no forme parte de nuestro propio proceso.
Escrito por: Ana Marco