Valentina Maurel nos cuenta en el Kursaal, tras el visionado de su película, que parte de la contradicción contenida en un poema que leía su madre: «Siempre soy tu animal materno». Una frase que podía funcionar como cobijo y, a la vez, como amenaza. Aquello que nos protege también puede convertirse en aquello que nos retiene.
Desde esta premisa, Maurel nos muestra a tres mujeres, una madre y sus dos hijas que buscan el afecto familiar y, al mismo tiempo, su propia individualidad desde el conflicto y la dificultad. No es una familia que simplemente quiera permanecer unida, sino tres mujeres que necesitan descubrir hasta dónde llega el vínculo que las une y dónde comienza la identidad de cada una. Ese es el principal conflicto de la película: querer a alguien sin dejar de ser una misma.
Por otro lado, la película nos muestra San José, capital de Costa Rica, como un lugar de contrastes: calles muy empinadas, mercados, suburbios donde se crían perros de pelea, barrios residenciales cerrados sobre sí mismos y espacios donde la violencia forma parte de lo cotidiano.
Las casas parecen protegerse del exterior mediante muros y límites. Y, en medio de estos espacios, las marcas en las paredes no desaparecen. A Amalia, la hija pequeña, la señalan con un grafiti en la puerta de su propia casa con la palabra «PUTA» en mayúsculas. Esto no constituye únicamente una agresión puntual: el espacio que debería funcionar como refugio termina exponiendo públicamente la identidad que alguien le impone. La violencia no necesita entrar en casa porque ya está escrita en su propia puerta.
Uno de los muchos aciertos de la película es conseguir que la perspectiva de género esté impregnada en cada personaje. Las mujeres son mostradas como seres diversos y contradictorios, pero también como sujetos en acción y en constante interrelación. La masculinidad, en cambio, permanece muchas veces en la sombra o aparece vinculada a una vivencia más pueril y egocéntrica. Maurel no necesita construir un discurso explícito sobre el género porque lo introduce en la forma en que cada personaje habita el mundo y se relaciona con los demás.
Vemos cómo Elsa, la hija mayor, que ha pasado un tiempo viviendo en Europa, encarna la racionalidad y el pensamiento lógico, frente a Amalia, que cree en los espíritus y busca explicaciones en lo esotérico y en aquello que no puede explicarse racionalmente. Maurel evita convertir esta diferencia en una lucha entre razón y superstición. Ninguna de las dos posee las respuestas correctas. Ambas están perdidas. Ambas son presentadas como personajes en crisis y utilizan mecanismos diferentes para intentar comprender aquello que les sucede. La película no cuestiona tanto sus formas de interpretar la realidad como la necesidad de encontrar una explicación cuando la realidad deja de ser comprensible.
Al igual que ellas, Isabel, la madre, también atraviesa una crisis. Intenta reencontrarse con la poesía que dejó de escribir hace años: «Nadie lee poesía, no sirve para nada». En esta frase parece condensarse una renuncia mucho más profunda. Durante años ha aprendido a medir su propia vida desde aquello que resulta útil y productivo, dejando fuera aquello que no parece tener una finalidad concreta. El regreso a su obra hace que algo vuelva a despertar en ella, una parte de sí misma que permanecía oprimida y que también pertenece a su identidad. Isabel necesita encontrar su propio espacio dentro de una estructura familiar que durante demasiado tiempo ha definido quién debía ser.
La película consigue así que las tres mujeres funcionen como personajes independientes y, al mismo tiempo, como diferentes formas de enfrentarse a una misma necesidad: encontrar una identidad que no dependa exclusivamente de la relación con las demás. Elsa necesita regresar para comprender qué lugar ocupa dentro de su propia familia; Amalia intenta construir una explicación del mundo desde aquello que no puede controlar; Isabel busca recuperar una parte de sí misma que había dejado atrás. Ninguna está completa, ninguna tiene una respuesta definitiva y precisamente por eso las tres resultan tan humanas.
La maternidad deja entonces de ser presentada como una identidad absoluta. Ser madre no significa poseer a los hijos, del mismo modo que ser hija no implica permanecer vinculada para siempre a la identidad que otros han construido sobre una.
Por eso aquella frase que Maurel escuchaba de su madre adquiere todo su sentido dentro de la película. «Siempre soy tu animal materno» puede leerse como una declaración de amor, como la promesa de un vínculo que permanece, pero también como una advertencia: siempre existe el riesgo de que aquello que nos cobija termine convirtiéndose en aquello de lo que necesitamos escapar.
Quizá por eso resulta tan significativo que las tres protagonistas fueran reconocidas conjuntamente en Cannes con el premio a la Mejor Interpretación Femenina de Un Certain Regard. No parece una casualidad que el reconocimiento no pudiera separarlas.
Escrito por: Marta Iraola