Body of Glass

La directora, Naëmi Ada, nos introduce en la vida y, sobre todo, en la mente de quien está sufriendo. Body of Glass convierte la disociación de su protagonista en una forma de narrar aquello que no puede afrontar directamente: una realidad demasiado dolorosa que el cuerpo y la mente terminan separando para poder continuar. La protagonista no solo intenta escapar de la violencia que vive, sino también de la persona en la que se ha convertido después de experimentarla. Su cuerpo permanece presente, pero su percepción de sí misma empieza a fragmentarse.

La violencia que sufre no aparece únicamente en la agresión física. También está en la manipulación, en la culpabilización y en la manera en que su pareja consigue hacerle dudar de aquello que está viviendo. Cuando la deja tirada en la carretera para después regresar, este abandono se convierte en otra forma de control. Cuando le dice que parece que no quiere estar con él, desplaza sobre ella la responsabilidad del conflicto. Y cuando ella expresa que necesita estar lejos de su mundo, la respuesta vuelve a situarla como responsable: «Eres tú la que se ha metido en mi compañía y la que ha venido con el nido hecho. Crea tu propia vida». La frase parece devolverle una libertad que, en realidad, funciona como una forma de expulsión y de culpabilización. Él establece las condiciones de la relación y, al mismo tiempo, la responsabiliza de estar dentro de ellas.

La violación introduce una ruptura todavía más profunda. A partir de ese momento, la necesidad de alejarse de ese mundo no es simplemente una voluntad de independencia, sino una necesidad de supervivencia. Sin embargo, incluso entonces, la protagonista encuentra dificultades para que su experiencia sea reconocida. «¿Estás teniendo otro episodio?» es una pregunta aparentemente preocupada que funciona, en realidad, como una forma de deslegitimación. Si lo que le sucede puede explicarse como un episodio, entonces deja de ser necesario preguntarse qué está provocándolo. La violencia desaparece del relato y el problema vuelve a situarse dentro de ella.

La película muestra así uno de los mecanismos más perversos de la violencia: conseguir que la víctima termine dudando de su propia percepción. No es necesario negar directamente aquello que ha sucedido; basta con convertir sus reacciones en síntomas, su dolor en una exageración o su necesidad de alejarse en una prueba de que algo no funciona en ella. La protagonista queda atrapada entre lo que sabe que ha vivido y lo que los demás están dispuestos a reconocer.

Su madre participa de esta dinámica desde otro lugar. Cuando la protagonista cuenta que él le ha tirado un vaso, la primera reacción es preguntar: «Pero no fue a propósito, ¿no?». Y cuando intenta comprender la situación desde su propia experiencia —«yo una vez le tiré una tostadora a tu padre»— vuelve a producirse una invalidación. La comparación transforma una agresión concreta en una anécdota dentro de una relación de pareja. El problema deja de ser lo que le ha ocurrido a su hija y pasa a convertirse en una cuestión de conflictos normales entre dos personas. La madre no parece negar necesariamente el sufrimiento de su hija, pero sí necesita reducirlo a algo que pueda comprender sin tener que enfrentarse a la violencia que implica.

La frase «tenéis unos juegos muy raros» resulta todavía más significativa. El lenguaje convierte la violencia en un juego, en una dinámica compartida por dos personas que supuestamente participan de ella en igualdad de condiciones. Pero la película insiste precisamente en lo contrario: no todo aquello que sucede dentro de una relación puede considerarse un juego si una de las personas está siendo dañada y manipulada. Nombrarlo juego permite mantener una distancia cómoda respecto a aquello que está sucediendo.

También resulta interesante que sean precisamente quienes más se interesan por ella quienes pueden mostrarse más agresivos cuando no reciben información. Existe una dependencia que funciona casi como una droga: necesitan saber qué ocurre, necesitan tenerla cerca, necesitan comprenderla y, cuando ella intenta retirarse o guardar silencio, esa preocupación puede convertirse en presión. El cuidado deja entonces de ser necesariamente protector y empieza a adquirir una dimensión de control. La protagonista necesita espacio, pero los demás interpretan su distancia como algo que deben corregir.

Esta contradicción se encuentra también en la propia estructura de la película. El juego cambia y cambia con el movimiento libre. Las reglas parecen modificarse constantemente, como si nunca pudiéramos estar seguros de cuál es el límite entre realidad, percepción y representación. Este desplazamiento permite que la experiencia de la protagonista se traslade al espectador: nosotros también tenemos que movernos dentro de un espacio cuyas reglas no terminan de estar claras. La película consigue así reproducir formalmente la inestabilidad de alguien que ha dejado de confiar incluso en su propia percepción. La forma no ilustra simplemente su estado psicológico: nos obliga a experimentarlo.

Y cuando la violencia no puede dirigirse hacia fuera, aparece el autocastigo. El cuerpo se convierte entonces en el lugar donde termina depositándose aquello que no ha podido ser reconocido por los demás. Si el entorno insiste en que el problema está en ella, el castigo puede terminar interiorizándose. La violencia externa acaba transformándose en violencia contra una misma. La disociación y el autocastigo aparecen así como dos respuestas diferentes a una misma fractura: separarse de aquello que duele o dirigirlo contra el propio cuerpo.

La relación con la otra familia introduce, frente a todo esto, una posibilidad diferente. La protagonista encuentra en ellos una forma de vínculo basada en una pérdida que puede reconocer como propia. Han perdido a un hermano; ella siente que también ha perdido algo, aunque aquello que ha perdido sea más difícil de explicar: se ha perdido a sí misma. La muerte del hermano es una ausencia visible y reconocible, mientras que la suya es una desaparición interior. Su cuerpo continúa presente, pero la persona que era antes de la violencia parece haberse quedado en otro lugar.

Por eso necesita acercarse a quienes conocen el significado de la pérdida. No porque puedan solucionar lo que le sucede, sino porque pueden reconocer una ausencia sin exigirle inmediatamente una explicación. Frente a un entorno que intenta diagnosticarla, justificar al agresor o normalizar lo ocurrido, esta nueva familia puede convertirse en un espacio donde su experiencia no tenga que ser defendida constantemente. El vínculo nace, precisamente, de una pérdida compartida: ellos han perdido a alguien y ella siente que se ha perdido a sí misma.

Body of Glass habla así de una violencia que no termina en la agresión, sino que continúa en todo aquello que sucede después: cuando se niega, cuando se minimiza, cuando se convierte a la víctima en una persona enferma, cuando se la responsabiliza de permanecer en la relación o cuando quienes la quieren confunden cuidar con controlar. La disociación aparece entonces como la consecuencia de una fractura que afecta a la relación con los demás, pero también a la relación consigo misma.

La protagonista no solo necesita escapar de un hombre. Necesita escapar de un mundo que le ha enseñado a desconfiar de aquello que siente y a considerar su propio sufrimiento como una anomalía. Y quizá por eso la película encuentra en el vínculo con quienes han experimentado otra forma de pérdida la posibilidad de empezar a reconocerse de nuevo. Porque para volver a encontrarse quizá sea necesario, primero, que alguien esté dispuesto a mirar aquello que los demás han decidido no ver.

Escrito por: Ana Marco

Naemi Ada - The body of glass

© 2026 Psicocine · Ana Marco Soto

Scroll al inicio